Se está extendiendo con rapidez entre algunos medios y sus tertulianos los planes del ministro de Hacienda de penalizar a los políticos que dilapiden el dinero público en proyectos o planes inútiles y que supongan un fracaso claro de la gestión...
Lo que la gente de la calle conoce de toda la vida como ‘el
que rompe paga’. Cosa que nuestra publicación hermana Confidencial 2000 Press sugirió ya hace una década. Si se hace en
el sector privado, ¿por qué no en el sector público?
Los políticos, gestores de las administraciones y del erario
público, que cometan dispendios o caigan en la corrupción no deberían irse de
rositas o cambiar de trabajo por otro mejor remunerado. Las perdidas por la
mala gestión, algunas veces políticas y otras veces administrativas, son demasiado
cuantiosas.
Hay ejemplos múltiples, pero como muestra un botón. La
edición y publicación de cientos de catálogos, libros y proyectos costosísimos que
después aparecen amontonados por los pasillos o sótanos de las dependencias públicas.
O los pagos millonarios por informes y estudios que no sirven para nada. O los proyectos
arquitectónicos de los que solo se ven las maquetas, aunque el arquitecto haya
recibido millones por ellos...
La losa que supone para el Estado estos gastos inútiles es
una sangría intolerable, año tras año, sin que nadie haya puesto freno a este desmán.
Hace algún tiempo, un ministro quiso poner fin a este derroche al llamarle la
atención el coste de miles de catálogos producidos por su ministerio, pero el
boicot fue de tal envergadura contra su persona que cometió el error de aparcar
la iniciativa de fiscalizar el gasto inútil del ente público.
Hay que depurar responsabilidades de arriba hacia abajo y
acabar con la sangría económica provocada por la mala gestión y los errores de
bulto. Es uno de los factores fundamentales que causan el desprestigio de las
administraciones y de la política que vivimos hoy en día. Si se pudiese saber
la cifra exacta del despilfarro provocado por la mala gestión posiblemente no
daríamos crédito.
Otro ejemplo claro ha surgido estos días con la noticia de
que los europeos tiramos a la basura más de 80 millones de toneladas de alimentos
y que en la UE hay más de 79 millones de personas que viven por debajo del
umbral de la pobreza. Definitivamente algo estamos haciendo mal.
El mundo ‘desarrollado’ lleva implícito su propio
fracaso: sus sociedades se han acostumbrado a robarse a sí mismas.
Continuará |