Movilizaciones si, huelga general no. Sin reforma laboral hemos llegado a más de cinco millones de parados, dato incontestable…
La reciente reforma laboral necesita ser observada con lupa.
Lo que está claro es que por sí sola no creará puestos de trabajo. Es un gran
paso y la base para cuando se den las condiciones óptimas y fluya el crédito, entonces
se verán sus pros y contras. Mientras tanto, sea bienvenida.
El mayor problema que encierra la mencionada reforma es la
cultura empresarial española, que viene reclamando desde hace muchos años el
despido libre olvidándose que en una sociedad moderna el empleo es sagrado:
cuanto más empleo, más riqueza para todos. Esto que parece tan obvio no está
contemplado por una cultura excesivamente rentista, que también debería
reciclarse.
En España se han despedido en los últimos 20 años, y con el
beneplácito de los empresarios, miles y miles de personas con la etiqueta de
prejubilados. Así se ha justificado a corto plazo como el mal menor, pero sin
tener en cuenta el daño a medio y largo plazo para la caja única del Estado. Se
olvida de esta manera la construcción de una economía productiva, la que ahora es
reclamada por todos tras cuatro años de aguda crisis.
Desde 2010 y a lo largo de 2011 dijimos que esta crisis,
aparte de la reforma laboral necesaria por carecer de una economía productiva, precisaba
de una moderación de salarios de los trabajadores y de beneficios de las
empresas durante dos años. No hay otra alternativa.
Dicho sacrificio exige también un cambio de cultura
empresarial, puesto que el rentismo y la especulación no han respetado ni el
empleo ni a las personas. En definitiva, un sacrificio consensuado y
comprometido por todos que implique cambios en el modelo productivo, la única fórmula
para crear verdadero empleo y riqueza.
Impopulares y duras medidas, sí, pero para todos. Y si no
miremos a Grecia, sus graves errores políticos le han llevado a la situación
actual, duros ajustes y caos social. Las herencias políticas se pagan caras,
pero la sociedad española tiene que aprender de sus errores.
Además, la política tiene el deber de complementar dicho sacrificio
ayudando a dotar de financiación el circuito del crédito: sin liquidez no hay
recuperación, sin recuperación no hay empleo y sin empleo vendrán los conflictos
y revueltas sociales.
La factura de la crisis no pueden soportarla solo los
parados y los asalariados. Llamar las cosas por su nombre no es demagogia, sino
responsabilidad, y esto es solo cosa de dos: empresarios y sindicatos, sin olvidar
la responsabilidad del Gobierno para con todos los españoles.
Queda por ver hacia dónde camina esta reforma laboral.
Tiempo al tiempo.
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