Con estos
calores agosteños siempre es conveniente atrincherarse en una buena sombra y
dedicar algún tiempo a la lectura y a la reflexión; opciones extrañas en estos confusos
tiempos, pero así y todo, reconozco que esas son las razones por las que ahora escribo yo estas líneas.
El día 7
de Febrero de 1844 apareció en Madrid un periódico diferente a los demás, y
escrito con una seriedad y cordura desacostumbradas. Se titulaba "El pensamiento de la Nación"
y lo dirigía Jaime Balmes, apologista,
sociólogo, político y una de las personalidades más interesantes de la primera
mitad del siglo XIX español. Familiarizado con la doctrina de Santo Tomás de Aquino fue un filósofo
original sin estar encuadrado en ninguna escuela, y Pío
XII lo calificó como "Príncipe de la Apologética moderna".
En aquella preclara y señorial redacción participaban, entre otros, el duque de Veragua, el marqués de Viluma y el poeta catalán Buenaventura Carlos Aribau.
Defendía
la esta nueva publicación, entre otros principios muy esenciales, el matrimonio
de la reina doña Isabel II —entonces
con once años— con su primo Carlos Luis,
hijo del pretendiente carlista don
Carlos María Isidro de Borbón — y así se hubieran evitado tantas guerras—, pero
sobre todo, como norte de su hacer, defendía el buen orden y el buen gobierno
de aquella turbulenta y sufrida España nuestra que, mutatis mutandis, bien podía ser la que hoy padecemos. El periódico
salió a la calle, se publicó con regularidad y, a mi juicio, merece hoy —a
pesar de la distancia temporal— cierta reposada atención.
Dispongo
en mi biblioteca de sus cuarenta y siete primeros números, es decir de todo el
año 1844, recuperados de la amplia y erudita de uno de mis bisabuelos: don Juan-Eloy Diaz-Jimenez y Villamor,
catedrático de Psicología, Lógica y Ética en el Real Instituto de León, que le
ha dedicado una calle, lo que siempre es de agradecer. A nadie como a él, católico
ferviente y honestísimo intelectual, le asistió el derecho a conservar —perfectamente
ecuadernados— los números de aquel periódico, que afortunadamente a mí han
llegado. Por coherencia con sus ideas, netamente carlistas y profundamente
cristianas, renunció a la codiciada preceptura del joven rey don Alfonso XIII, que le fue ofrecida
reiteradamente. Su Majestad el Rey entendió
y respetó profundamente tan fiel decisión, y años después, le honró en muy
variadas ocasiones. Tiempos de caballeros.
El primer
artículo del periódico, con el que se inaugura y al que quiero referirme aquí,
lleva el título de "Equivocaciones
que sobre la situación de España padecen nacionales y extranjeros"
(sic.) y, naturalmente, está firmado por el mismo Jaime Balmes. Entre perplejo y atento —estamos en 1844— leo en él
lo siguiente: "Nada extraño es que
la Europa se haya equivocado sobre nuestra situación interior, que nos haya
considerado un estado social lamentable, que nos haya juzgado indignos de
pertenecer a su comunión, y que los gobiernos nos hayan ofrecido a sus pueblos
como ejemplar de tremendo escarmiento" ... "se ha creído en Europa que la España no era capaz de un gobierno
semejante al que bajo diferentes formas disfrutan las naciones
civilizadas".
Y más
adelante el autor se duele así: "Cuando
una sociedad carece de razón pública, es decir, cuando no hay un conjunto de
hombres respetables por su número, inteligencia y posición, que tengan ideas
claras y fijas sobre los intereses nacionales, y la manera con que estos deben
ser conservados, protegidos y fomentados, entonces la sociedad no posee ningún
pensamiento de gobierno, y así se halla precisada a resignarse, o bien a la
disolución, o bien al despotismo más completo".
Finalmente,
concluye Balmes con estas palabras
programáticas: "Fieles a nuestro
propósito trabajaremos en presentar el
pensamiento de la nación, haciendo notar lo que en él hay de claro,
indicando lo que por razón de las circunstancias está oscuro, formulando y
fijando con la posible precisión lo que anda disperso por la sociedad, revuelto
con cien cosas incoherentes e inconexas, perdiendo así el concierto y unidad
que las ideas nacionales han menester para erigirse en gobierno".
Después
de más de ciento cincuenta años me ha impresionado el pensamiento de la nación,
y hasta he comprendido la primorosa y cuidada encuadernación, con lomo de piel
y letras doradas, que mi bisabuelo le procuró.
Naturalmente,
lo he retirado del estante de la librería dónde estaba y lo he colocado en la mesilla
de noche de mi dormitorio, muy cerca de mí, para su lectura meditada en estas
tediosas noches agosteñas y en las enloquecidas noches electoreras que muy
pronto nos esperan. Para qué añadir más.