Domingo, 05 de Febrero de 2012
Opinión
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El pensamiento de la nación de 1844
 
Jesús Lobato de Blas
Catedrático E.U. de Derecho Mercantil por la Universidad de Cantabria. Doctor en Derecho por la Universidad de Navarra.
5 de Agosto de 2010
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Con estos calores agosteños siempre es conveniente atrincherarse en una buena sombra y dedicar algún tiempo a la lectura y a la reflexión; opciones extrañas en estos confusos tiempos, pero así y todo, reconozco que esas son las razones por las  que ahora escribo yo estas líneas.

El día 7 de Febrero de 1844 apareció en Madrid un periódico diferente a los demás, y escrito con una seriedad y cordura desacostumbradas. Se titulaba "El pensamiento de la Nación" y lo dirigía Jaime Balmes, apologista, sociólogo, político y una de las personalidades más interesantes de la primera mitad del siglo XIX español. Familiarizado con la doctrina de Santo Tomás de Aquino fue un filósofo original sin estar encuadrado en ninguna escuela, y Pío XII lo calificó como "Príncipe de la Apologética moderna". En aquella preclara y señorial redacción participaban, entre otros, el duque de Veragua, el marqués de Viluma y el poeta catalán Buenaventura Carlos Aribau.

Defendía la esta nueva publicación, entre otros principios muy esenciales, el matrimonio de la reina doña Isabel II —entonces con once años— con su primo Carlos Luis, hijo del pretendiente carlista don Carlos María Isidro de Borbón — y así se hubieran evitado tantas guerras—, pero sobre todo, como norte de su hacer, defendía el buen orden y el buen gobierno de aquella turbulenta y sufrida España nuestra que, mutatis mutandis, bien podía ser la que hoy padecemos. El periódico salió a la calle, se publicó con regularidad y, a mi juicio, merece hoy —a pesar de la distancia temporal— cierta reposada atención.

Dispongo en mi biblioteca de sus cuarenta y siete primeros números, es decir de todo el año 1844, recuperados de la amplia y erudita de uno de mis bisabuelos: don Juan-Eloy Diaz-Jimenez y Villamor, catedrático de Psicología, Lógica y Ética en el Real Instituto de León, que le ha dedicado una calle, lo que siempre es de agradecer. A nadie como a él, católico ferviente y honestísimo intelectual, le asistió el derecho a conservar —perfectamente ecuadernados— los números de aquel periódico, que afortunadamente a mí han llegado. Por coherencia con sus ideas, netamente carlistas y profundamente cristianas, renunció a la codiciada preceptura del joven rey don Alfonso XIII, que le fue ofrecida reiteradamente. Su Majestad el Rey entendió y respetó profundamente tan fiel decisión, y años después, le honró en muy variadas ocasiones. Tiempos de caballeros.

El primer artículo del periódico, con el que se inaugura y al que quiero referirme aquí, lleva el título de "Equivocaciones que sobre la situación de España padecen nacionales y extranjeros" (sic.) y, naturalmente, está firmado por el mismo Jaime Balmes. Entre perplejo y atento —estamos en 1844— leo en él lo siguiente: "Nada extraño es que la Europa se haya equivocado sobre nuestra situación interior, que nos haya considerado un estado social lamentable, que nos haya juzgado indignos de pertenecer a su comunión, y que los gobiernos nos hayan ofrecido a sus pueblos como ejemplar de tremendo escarmiento" ... "se ha creído en Europa que la España no era capaz de un gobierno semejante al que bajo diferentes formas disfrutan las naciones civilizadas".

Y más adelante el autor se duele así: "Cuando una sociedad carece de razón pública, es decir, cuando no hay un conjunto de hombres respetables por su número, inteligencia y posición, que tengan ideas claras y fijas sobre los intereses nacionales, y la manera con que estos deben ser conservados, protegidos y fomentados, entonces la sociedad no posee ningún pensamiento de gobierno, y así se halla precisada a resignarse, o bien a la disolución, o bien al despotismo más completo".

Finalmente, concluye Balmes con estas palabras programáticas: "Fieles a nuestro propósito trabajaremos en presentar el pensamiento de la nación, haciendo notar lo que en él hay de claro, indicando lo que por razón de las circunstancias está oscuro, formulando y fijando con la posible precisión lo que anda disperso por la sociedad, revuelto con cien cosas incoherentes e inconexas, perdiendo así el concierto y unidad que las ideas nacionales han menester para erigirse en gobierno".

Después de más de ciento cincuenta años me ha impresionado el pensamiento de la nación, y hasta he comprendido la primorosa y cuidada encuadernación, con lomo de piel y letras doradas, que mi bisabuelo le procuró.

Naturalmente, lo he retirado del estante de la librería dónde estaba y lo he colocado en la mesilla de noche de mi dormitorio, muy cerca de mí, para su lectura meditada en estas tediosas noches agosteñas y en las enloquecidas noches electoreras que muy pronto nos esperan. Para qué añadir más.
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