No contentos con las anteriores ayudas del Gobierno, los
industriales del automóvil piden ahora más subvenciones para mantener la venta
de coches. Pero, ¿por qué hay que primar a ese sector y no al de la óptica, los
embutidos o la pasamanería, por ejemplo?
El Gobierno de Rodríguez
Zapatero se ha pasado media legislatura ponderando las virtudes de una nueva economía más sostenible que la
actual y que aún está por ver. ¿Y qué sector no representa mejor la vituperada vieja economía que el automovilístico?
Es
el más contaminante, consume petróleo —combustible escaso y de importación— en
vez de energía renovable, fomenta el individualismo frente a la solidaridad del
transporte público, supone una sangría constante —y costosa— de vidas humanas y
obliga a unas inversiones viarias siempre insuficientes: el parque de
automóviles aumenta mucho más rápido que la red de carreteras.
No entiendo, pues, el empeño en desviar nuestros menguantes
recursos hacia ese sector.
Ya sé, por supuesto, el empleo que éste genera y sus
efectos inducidos sobre otras actividades. Pero lo mismo ocurría en su momento
con la construcción naval o los altos hornos y sus respectivas reconversiones
dieron un importante empuje a la economía del país.
Por eso, primar aún más la venta de automóviles mientras se reducen las
inversiones en el AVE y en otras infraestructuras colectivas, supondría una
cruel paradoja: inducir al ciudadano a un mayor consumo —matriculación, seguro,
revisiones, gasolina, peajes, ITV, reparaciones, circulación,…— mientras sus
ingresos personales disminuyen por causa de la crisis económica.