Nuestros ídolos deportivos, musicales, artísticos… no
sobrepasan los veintitantos años. Algunos, incluso, parecen estar ya de vuelta de
todo a edades bien tempranas: Paris
Hilton a los 29, Amy Winehouse a
los 26, Lady Gaga, a los 24…
¿Hay quién dé más?
Pues sí. El cantante canadiense Justin Bieber, nuevo fenómeno musical
de 16 años de edad, va a publicar sus Memorias
el próximo mes de octubre. Pero, ¿de verdad alguien tiene una larga vida tras
de sí para poder contarla con sólo 16 añitos?
Al parecer, hemos acelerado tanto el ritmo de la historia que
el tiempo ya no se mide en décadas, como antes, sino en instantáneos bits de información que envejecen los
acontecimientos a medida que se producen. Es más: tampoco valoramos los
acontecimientos por sí mismos, sino por la expectativa que generan.
Así, Barak Obama recibe el Premio Nobel de
la Paz no por nada que haya hecho sino por lo que pueda llegar a hacer.
Antes, este tipo de galardones suponían el colofón a los
méritos de toda una vida. Ahora, en cambio, al piloto Fernando Alonso se le da el Premio Príncipe de Asturias a los 24
años, cuando una persona todavía tiene toda la vida por delante.
Ya me dirán si no es una terrible paradoja que estas cosas
sucedan cuando, gracias al alargamiento de la vida, hoy día aún existen personajes
centenarios en plena lucidez creativa, como Manoel de Oliveira, Oscar
Niemeyer o José Luis Sampedro.
Pero, claro, éstos sólo constituyen la excepción en una sociedad que
prejubila a sus miembros con 50 años por considerarlos tan anacrónicos y
prescindibles como aquellos desaparecidos dinosaurios de la Prehistoria.