En este
encantador verano santanderino, inaugurado con el Boris Godunov, que ofreció nuestro prestigioso Festival
Internacional, creen algunos desinformados que todo el
complejo asunto de la ópera tiene mucho que ver con los modelos de temporada y
el lucimiento personal del espectador reciente. Y sí, pero no.
La
ópera tiene, efectivamente, concomitancias con muchas cosas, pero
sorprendentemente se aprecian —y muy profundas— con el mundo nocturno y
farandulero del espectáculo; lo cual equivale a considerar, e incluso a admitir
sin más, que los operófilos clásicos —los llamados de pata negra, entre los que
me encuentro desde hace más de 50 años— tenemos un algo de pendones, dicho sea, naturalmente, con las lógicas cautelas que, en
todo caso y circunstancia, el buen gusto, impone. Y esto, aunque parezca algo
fuerte, sí que es una verdad como un templo.
El
operófilo —no el melómano purista, naturalmente— es, por esencia, un vitalista,
aspecto muy distinto de un simple vividor. El operófilo es un apasionado de la
vida, que aprecia en todas sus manifestaciones, facetas y perspectivas la
sublime belleza de la lírica, con sus miserias y sus grandezas, con su verdad y
su bambolla, y también con su oro y con su oropel, que todo es necesario.
El
operófilo de verdad disfruta con la misma concentrada y profunda fruición de un
dramático y soberbio Rigoletto, como
de un frívolo y sensual espectáculo de variedades —siempre que sea de calidad—,
con todas sus encantadoras y sugerentes implicaciones sicalípticas. El buen
operófilo —insisto, el de verdad— odia la mediocridad, la vulgaridad y el mal
gusto; pero todo ello no desde una peculiar, cursi, y privada torre de marfilina, sino desde la
primera fila de la vida, de la que, espectador apasionado, en ocasiones, se
convierte en protagonista saltando al escenario mismo del drama cotidiano. El
operófilo clásico, pues, —pendón y
vitalista— es, necesariamente y aunque a veces pueda pasar desapercibido, un gran
señor bradominiano, en el más
ajustado sentido del término.
Sentado
lo cual, y en estas líneas de operística aclaración conceptual, basta citar
como simples ejemplos de la esencia descrita algunas curiosas y poco conocidas
pinceladas de las relaciones tradicionales entre la Ópera y el Folies-Bergère, ese ejemplo de la más
elegante frivolidad —que los cursis de hoy llaman glamour—, indiscutible, intemporal y siempre añorado de todo
voluptuoso mortal que se precie.
Primera
pincelada: En 1901, la bellísima Cléo de Mérode —una señora capaz de quitar el hipo a un batallón de
jenízaros— era la primera bailarina del ballet Lorenza, de Rodolphe Darzens
y Franco Alfano, que se representaba
en el parisino Palais-Garnier. Y
recuérdese que Franco Alfano fue un
prestigioso e importante compositor de la escuela del verismo italiano, autor
de óperas tales como Miranda y La Fonte di Enschir. Bueno, pues Cléo de Mérode, tras una relación, al
parecer turbulenta, y desde luego muy comentada con el rey Leopoldo II de
Bélgica —el famoso Cleopold—, alcanzó
su consagración artística y su fama universal, no como figura de la danza
clásica, que abandonó sin remordimiento alguno —porque a lo peor la aburría
mortalmente—, sino como rutilante y sugestiva estrella de un Folies-Bergère esplendoroso. Resultado:
Folies 1, Opera 0.
Segunda
pincelada: El 5 de Abril de 1946, Denise Duval actuó en la revista en dos actos C'est de la Folie que, naturalmente, se representó en el Folies-Bergèr con todo éxito. Denis Duval se convirtió poco después en
una famosa soprano, debutando al año siguiente en la Opéra-Comique, nada más y nada menos, que con la Cio-Cio-San, de Madame Butterfly, continuando su carrera de éxitos hasta 1965, en
que se retiró. Debemos recordar que Denis
Duval —que en nada desmerecía en belleza a Cléo de Mérode, porque había que verla en los programas de la
época— alcanzó la cumbre de su carrera vocal con el papel de Blanche, de la ópera Les Dialogues de Carmélites, de Francis Poulenc, con libreto de Georges Bernanos, sobre la novela de Gertrude von Le Fort. Y fue igualmente
clamoroso su éxito en personaje de Elle
de la ópera La Voix Humaine, del
mismo compositor, con libreto de Jean
Cocteau, que ella misma estrenó en París el 6 de Febrero de 1959, en la Opéra-Comique. Resultado: Opera 1,
Folies 0.
Tercera
pincelada: Pocos saben que el austero y minucioso Pietro Mascagni, inolvidable compositor
de Cavalleria Rusticana, compuso
también la opereta Si, subtitulada La Regina delle Folies-Bergère, en cuyo
libreto, de Carlo Lombardi y Franci, aparece una radiante Cléo de Mérode, la inolvidable bailarina
del Folies. Esta opereta se estrenó
en el Teatro Quirino, de Roma, el 13
de Diciembre de 1919; y posteriormente fue adaptada al alemán por Josco Schubert, reestrenándose en Viena
—¡la Viena eterna!— en 1925, en el Théatre
An Der Wien, con el título de Ja,
Die Dame aus den Folies-Bergère. Resultado:
Opera 0, Folies 0.
Así pues, es preciso que esos desinformados que pretenden reducir el auténtico
concepto de la ópera abandonen rápidamente su errática concepción y, con los
datos que acabo de dar —ínfima muestra de un sugestivo océano de rutilantes e
indescriptibles sensaciones—, consideren seriamente su paso al vivo, sugerente
y pujante mundo de los impenitentes operófilos de verdad. Que así sea.