Gran parte de la ingente ayuda internacional tras tragedias
como el terremoto de Haití o las inundaciones de Pakistán jamás llega a su
destino; incluso, la canalizada a través de las organizaciones más serias.
Pude
comprobarlo en 1993 en el campamento de la ONU en la localidad bosnia de
Metkovic, donde vi pudrirse los enseres donados por la archidiócesis de Toledo.
Como razonaba el ex presidente del Congreso, Manuel Marín, "el 40% de la ayuda actual al Tercer Mundo se queda por el camino”.
Eso, digo, sucede en la mejor de las hipótesis debido a la
ineficacia, la corrupción y el desorden connaturales a la condición humana.
Aparte, claro, están los casos de fraude: hace tres años vivimos en España la
apropiación de fondos por los responsables de las ONG Anesvad e Intervida y, en
Francia, el repugnante secuestro y tráfico de niños africanos por parte de El
Arca de Zoé.
Ahora, tras la liberación de Roque Pascual y Albert Vilalta,
se ha reabierto el debate sobre la frivolidad de muchas ONG probablemente
prescindibles. ¿Para qué ha servido la aventura de los dos cooperantes sino
para enriquecer y rearmar a los terroristas que los secuestraron?
Hay ya bastantes organismos oficiales y organizaciones humanitarias
serias como para crear otras cuyo objetivo, en muchos casos, sólo es la pesca
de subvenciones.
Apoyemos, pues, a ya las existentes para que puedan superar
sus deficiencias; y quienes buscan exóticas experiencias que se queden en el
país ayudando a personas dependientes, colaborando en extinguir incendios
forestales, dando clases a inmigrantes y otras mil acciones solidarias más.