Con motivo del segundo aniversario de los tratados firmados
entre Italia y Libia, el coronel Muamar al- Gaddafi ha viajado en visita
oficial al país latino, no sin levantar una gran nube de polémica a su
alrededor. Y no es para menos.
Como en el resto de sus viajes oficiales, esta vez también
ha viajado escoltado por su séquito de 200 mujeres, conocidas como la ‘Guardia
Amazónica’. Se trata de mujeres jóvenes y atractivas que, según se comenta, son
vírgenes, expertas en artes marciales y armas de fuego, y con las que comparte
jaima cada noche. Sin embargo, 200 mujeres no parecen ser suficientes para el
coronel libio.
En su visita a Italia, y con motivo de un acto en el que Gaddafi
aprovechó para divulgar su ansia de islamización en Occidente, 500 mujeres
italianas fueron contratadas para el evento, pagándoles entre 70 y 100 euros a
cada una. A todas ellas, azafatas y modelos, jóvenes de entre 20 y 30 años y
con el requisito de medir más de un metro sesenta y cinco centímetros, la
organización les pidió que acogieran con una gran ovación al líder libio, como
si se tratara de un gran harén que alaba a su señor. Gaddafi insultó a las
mujeres italianas, confundiéndolas con prostitutas de lujo, y lo más triste de
todo es que voluntarias no faltaron.
Pero aquí no queda la cosa. Con el islamismo por bandera,
tres jóvenes italianas fueron convertidas a esta religión, delante de todas las
presentes. Gaddafi, como no, como gran anfitrión, no dudó en asegurar que el
Islam es más respetuoso con las mujeres que la civilización occidental y que
"debería convertirse en la religión de toda Europa”.
Tras estas controvertidas declaraciones y tal despliegue de
sexismo y humillación a las mujeres, la prensa italiana se ha echado las manos
a la cabeza. Sobre todo porque su propio presidente, Berlusconi, que también
más de una vez se ha visto envuelto en algún que otro lío de faldas, ha defendido
la postura de Gaddafi, alegando que "en el fondo lo del coronel es sólo
folclore”.
Y es que, como siempre, son los intereses económicos los que
mueven las relaciones italo-libias, y los derechos de las mujeres quedan
irremisiblemente relegados a un segundo plano. Desde que en 2008 se firmara el
tratado de colaboración entre ambos países, Libia ha sido la encargada de no
permitir el paso marítimo de inmigrantes a su querida amiga Italia. Este acuerdo
permite al país latino repatriar a los inmigrantes africanos, incumpliendo
abiertamente las leyes internacionales de petición de asilo. Además, Gaddafi
está acusado de "graves violaciones” a los Derechos Humanos por Amnistía
Internacional y las denuncias en Libia por malos tratos y torturas a los
inmigrantes son el pan de cada día.
Sin embargo, ambos países se benefician del trato y esto
parece ser lo único importante. Italia mantiene a raya la inmigración africana
y Libia obtiene uno de sus mayores socios comerciales, con más de cien empresas
italianas invirtiendo dentro de sus fronteras. El coronel libio se ha
convertido ya en el primer accionista del mayor banco italiano, Unicredit.
Así que, teniendo en cuenta estas transacciones, inversiones
y grandes ganancias, que permiten a Gaddafi pagar 100 euros por una naranjada,
¿qué importan los derechos fundamentales de los inmigrantes y la dignidad de
las mujeres? La respuesta es clara para los dos mandatarios: nada.