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Al fin se ha pasado de los rumores a los hechos. El tan
esperado y especulado comunicado de ETA se ha producido aunque,
desgraciadamente, el texto leído por los encapuchados de rigor no ha tenido el
alcance y el contenido por todos esperado. Una vez limpiado de la hojarasca de
su verborrea habitual, el comunicado poco dice, salvo que ETA llama a la puerta
del Gobierno para ver qué salida se da a su impasse.
Porque no nos equivoquemos. Este no es el comunicado que
todos esperamos y que todos necesitamos. Lo ha definido perfectamente el
portavoz del PNV en el Congreso, Josu Erkoreka, al afirmar que "si ETA quisiese
abandonar las armas, lo diría claramente, y diría dónde están sus arsenales”.
Por tanto, este comunicado no es "el” comunicado.
¿Significa eso que no valga para nada? Pues tampoco. Siempre
es positivo que la banda se autolimite en su chantaje y extorsión a todos los
vascos y, sobre todo, este comunicado, forzado y a regañadientes, como muestra
la cortedad de sus promesas, también representa una concesión a su "ala
política” que es consciente de que no puede permanecer por más tiempo en el
ostracismo político y para quien las próximas elecciones locales y forales se
les antoja como su último salvavidas.
De hecho, el entorno más "pactista” de Batasuna ha jaleado
el acuerdo como si fuese una gran aportación, y exigen un paso equivalente del
Gobierno, o sea su legalización y permiso para concurrir a las elecciones. Y se
equivocan.
La pelota no está en el tejado del Gobierno, ni de los
demócratas. Está en el alero de los terroristas. Es a ellos a quien Batasuna
debe mandar mensajes. Tras sus sucesivas mentiras y maniobras dilatorias, la
credibilidad de ETA está más que bajo mínimos. No hacen falta mediadores
internacionales. Hace falta un comunicado de rendición. Así de claro. O un
comunicado de repudio claro y tajante por parte de los batasunos de ETA. Así de
claro.
El tiempo de las medias tintas ya pasó. Y ya pasó porque, la
sociedad vasca, ha reaccionado perfectamente a este nuevo comunicado de
ETA. Si dejamos al margen las
estridencias y "patas de banco” del de siempre, de Jaime Mayor Oreja,
obsesionado –como su antiguo jefe de filas, José María Aznar- en destilar en
cada declaración sus obsesiones, sus mentiras y sus odios, el resto de las
fuerzas y portavoces políticos han reaccionado con sensatez, unidad y firmeza.
En este sentido, es de destacar la meritoria labor del líder del Partido
Popular en el País Vasco, Antonio Basagoiti, que ha demostrado sobradamente su
condición de estadista.
En efecto, el dirigente popular ha sabido soportar el
desgaste del día de día de apoyar a un Gobierno que está lidiando con una
situación política más que complicada,
aderezada con una situación económica que para qué les quiero contar. Y
además, sin los réditos que siempre produce de cara a la opinión pública el
integrarse en un Gobierno.
Con todo, las mayores presiones las ha tenido que soportar
de sus compañeros de partido, a los que incluso, en ocasiones, ha tenido que
desautorizar en público. En Madrid no se entiende la política generosa y
honesta que está haciendo este hombre. Ni se está dispuesto a apoyar a un
hombre como Patxi López, que sabe mantenerse perfectamente en el fiel de la
balanza de su partido, entre los más españolistas y los cuasi independentistas
que conviven en el PSE.
Por todo ello, ha llegado el tiempo de la gran
política. De los estadistas. Afortunadamente, tenemos a Patxi López y Antonio
Basagoiti en Euskadi. Y a Alfredo Pérez Rubalcaba en Interior, que, le guste a la derecha o no,
es un político de raza, con p mayúscula, que conoce a ETA y sus trucos al
dedillo. Hay motivos para la esperanza.
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