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Dos recientes pronunciamientos de altas instituciones del
Estado han venido a corregir la senda que había abierto el Ayuntamiento de
Lleida y que, posteriormente, había sido seguida por otros consistorios:
prohibir el acceso a lugares públicos a las mujeres que portasen velos
integrales, burka o niqab.
De una
parte, el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña ha confirmado la suspensión
cautelar de la medida, solicitada por una asociación musulmana, Watani a la
espera de que los tribunales ordinarios, finalmente, dicten una sentencia sobre
esta polémica ordenanza.
Del
mismo modo, la Defensora del Pueblo en funciones, María Luisa Cava de Llano, ha
afirmado que defiende la libertad de las mujeres que deciden llevar 'burka' en
España, "siempre que sea por voluntad propia y no como un elemento de
sumisión al hombre". La Defensora del Pueblo, incluso a riesgo de caer
bajo las iras de determinados sectores , se ha mostrado partidaria de apoyar
siempre la libertad de las personas cuan ésta no colisione con los derechos de
los demás.
Y
creemos que Cava del Llano ha centrado perfectamente el debate. Si no hay
imposición, se trata de una decisión personal y cultural, seguramente tan poco
edificante como algunos festejos con animales o determinadas procesiones de
Semana Santa, convertidas en según qué localidades en auténticos festivales de
sadomasoquismo, con pies sangrantes, espaldas laceradas y latigazos a diestro y
siniestro. Son sólo algunos ejemplos que, por pertenecer a nuestro ámbito
cultural, sólo nos extrañan cuando son vistos por la mirada de otros, que nos
devuelven su reflejo de incomprensión, y
en ocasiones de escándalo, en sus pupilas.
¿Defender
a la mujer? Por favor, que en este país somos unos auténticos
especialistas en que nos salven muy a
nuestro pesar, y ya sabemos cómo acaban esas ansias redentoras. Si se quiere
ayudar a esas mujeres, es mucho más positivo y eficaz dejarlas salir a la
calle, tomar el aire y la luz (hasta
donde las deje su velo) y que nuevos puntos de vista, nuevas costumbres, choquen
sin violencia, como fina llovizna, sobre sus creencias de siempre.
Así
hicieron los turistas y sobre todo las turistas en las costas españolas en los
años 60 del siglo pasado, cuando rompieron las costuras de una España pacata,
mezquina y mea pilas con sus nuevas costumbres, con su alegría de vivir, con su
visión alternativa de las relaciones entre hombres y mujeres. Y, más allá del
cine casposo, con su sempiterna imagen de la sueca exuberante, el cambio fu
profundo, y socavó más al franquismo que 15 huelgas generales revolucionarias
juntas.
La
tolerancia es la mejor de las vacunas contra el racismo, la xenofobia y la
exclusión. Es una pena que lo
practiquemos tan poco. Es mucho más cómodo y fácil prohibir que educar. Pretender extirpar que convencer. Así lo ven
en Barcelona que, lejos de arredrarse ante estas posiciones contrarias de los
Tribunales, ya han anunciado que están dando los últimos toques a la ordenanza
contra el velo integral. Y contra pasearse en pelota picada por sus calles. Dos
de los principales problemas que agrian la convivencia ciudadana hasta niveles
alarmantes en la Ciudad Condal, según parece. Vivir para ver.
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