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La
incertidumbre del resultado electoral en la Comunidad Autónoma
de Canarias el próximo mes de mayo y de la posterior gobernabilidad -ahora sí
cabe decir que cualquier alianza es posible- no debe eclipsar la necesidad de
acometer una modificación del modelo institucional. La situación de depresión,
tan sólo aliviada por los coyunturales vientos favorables que soplan en el
sector servicios; la reasignación del marco competencial; la merma de ingresos
que afecta considerablemente a las administraciones territoriales y que obliga
a revisar criterios de financiación y hasta el intento de abrir el melón
imposible de la supresión de ayuntamientos -a ver a qué alcalde le encomiendan
ese cascabel, por mucha racionalidad que se esgrima- son factores que inciden
en la búsqueda de iniciativas favorecedoras de ese nuevo modelo.
Las circunstancias obligan. Ya nos
hemos ocupado de la crítica situación de las haciendas locales cuyos
responsables deben hacer todo un esfuerzo de imaginación y de iniciativa para
encontrar nuevas fuentes de ingresos, agotadas, como prácticamente están, las
que hasta el momento han venido nutriendo. Para algunos, garantizar las
prestaciones de los servicios básicos empieza a ser un acto de heroicidad.
Es evidente que se trata de evitar
duplicidades en la gestión de las competencias y de los recursos. Y que la vía
adecuada para ello es hacer efectiva la cooperación interinstitucional, por
ejemplo, mediante la mancomunidad de servicios, una opción ensayada con
desigual fortuna y muy pocas convicciones. La experiencia, precisamente, debe
ser tenida en cuenta para entender los recelos y los prejuicios de los
localismos.
Aún así, comoquiera que estar cruzados
de brazos o aguardando a la materialización del espíritu paternalista de otras
instituciones no favorecen las soluciones reales, a la hora de afrontar un
mínimo proceso de reordenación, además de contrastar la voluntad política, es
primordial impulsar y disponer con cierta estabilidad los incentivos
encaminados a la contratación y gestión conjunta de servicios por parte de
grupos de municipios.
Sólo así será posible justificar la creación o
el funcionamiento de estructuras supramunicipales capaces de asumir la
concertación de servicios entre localidades de una comarca natural o
relacionadas por algún hecho como la productividad turística, pongamos por
caso.
Claro que se persigue la eficiencia,
para garantizar la optimización de los medios o recursos de los que se
disponga. Teóricamente, los administrados deben salir beneficiados si esa
eficiencia comporta, además, un abaratamiento de los costes. De tal objetivo se
trata.
Ojalá las visiones de campanario, las
desmesuradas ambiciones políticas y los personalismos no frenen los gérmenes de
una nueva o mejor gobernanza de la institucionalidad representativa del pueblo
canario. Los cargos públicos salidos de la próxima cita con las urnas deben ser
más conscientes que nunca de los cambios que habrán de afrontar no sólo para
superar esquemas y modos afectados por vicios y obsolescencias sino para
producir un salto cualitativo en el papel de las administraciones públicas,
especialmente el referido a las prestaciones.
Quedó escrito: partiendo
de que haya voluntad política y de que los modelos que se pongan sobre la mesa
de debate entrañen la suficiente solidez como para que una vez plasmados en
leyes o resoluciones sean todo lo eficaces y positivos que la ciudadanía
demanda. |