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-¡Ay,
semáforo, consuélate, me tocó primero-, dijo el ascensor con cierto patetismo,
mientras recordaba la de veces que los vecinos del portal habían clamado por su
dotación, escaleras arriba, tras numerosas e infructuosas reuniones de los
miembros de la comunidad que nunca se pusieron de acuerdo para afrontar la
derrama con la que financiar la instalación.
-Es que aquí hago mucha falta.
Imagínate, hasta alguna vida humana se pudo haber salvado. Pero me siento abrumado,
no esperaba tanta pompa y tanto aparato-, replicó con evidente desazón el
semáforo cuyos dispositivos interiores habían sincronizado desde el día
anterior para que funcionara a plenitud.
-No lo comprendo -siguió el elevador
durante el enésimo trayecto de los abuelos del cuarto-, convertirnos en carne
de inauguraciones políticas, a estas alturas. Creía que estábamos excluidos de
ciertos ceremoniales.
-¡Ah!, no sabes tú bien en la tierra
que nos encontramos -enfatizó el semáforo enhiesto- donde, por si no lo sabes,
tocan el tambor y la gente se mueve. Aquí, con tal de dejar sello, cualquier
cosa es posible.
-¿Pero también nosotros?-, se preguntó
con evidente desazón el ascensor. Para mí, que encima quieren cobrar el favor.
Fíjate, uno siempre aspirando a prestar los servicios comunitarios sin más,
soportando empujones, saltos y sobrecargas, y aquí están, probando los botones,
mirando al techo y al suelo, inevitables gestos humanos cuando nos utilizan.
-Tranquilo, ya sé que el ajetreo dura
unos pocos minutos, lo que tarde en llegar algún fotógrafo y los cámaras de las
locales que no saben dónde queda la calle-, afirmó con ánimo resignado el
artefacto reluciente aprovechando un cambio de luces.
-Tienes razón -prosiguió para luego
razonar: Nuestro papel es el que está reservado a atender demandas que seguro
son justas. Formamos parte del desenvolvimiento cotidiano. Si nos ponen es
porque hacemos falta, porque es obligación de quienes tienen responsabilidades
en la Administración y no hay necesidad de airear nada. Por muchos ochenta mil
euros que, en mi caso, han tenido que abonar dos instituciones. ¿Qué te crees?
El ascensor aguardó a que dos
representantes de éstas, para materializar la oficialidad, cruzaran el paso de
peatones con lo que el semáforo se sintió realizado sin entender la
aglomeración, las prisas, las sonrisas y los guiños.
Por si no se ha entendido el apócrifo
diálogo: en dos municipios tinerfeños han puesto en marcha un ascensor y un
semáforo. Insólito, ¿a que sí? Aún partiendo de que todo político tiene derecho
a inaugurar, valgan los dos casos citados como expresión del exceso, de
recurrir a lo que sea -sobre todo si anda algo depauperada la gestión- con el
afán de notoriedad que en vísperas electorales se cotiza al alza. El sentido
común indica que no es para hacer alardes de ningún tipo con elementos
dotacionales de esta naturaleza. Por condiciones de vida y por seguridad vial.
Y después se burlan de
medidas de ahorro energético. |