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Quienes creíamos
haberlo experimentado todo en la Comunidad Autónoma de Canarias ("los que fuimos a
Vietnam ya vimos estallar todas las bombas”, solemos decir cuando se produce
alguno de esos hechos insólitos) ya tenemos otro episodio para la colección de
surrealismos políticos: el Parlamento se reabre para intentar dar carta
legislativa a la bancarización.
Se
habían despedido sus señorías. Hasta hicieron acto de contrición en la sesión
de cierre de una legislatura poco productiva. Pero un día antes del último
pleno tuvo entrada en la cámara el proyecto de ley que el Gobierno había
remitido para adaptarse al Real Decreto Ley que regula la nueva dimensión de
las cajas de ahorro. Había un plazo, el de enero, pero el ejecutivo, empeñado
en que hubiera otra materia para lucir el dudoso honor de ser los últimos de la
clasificación, no lo tuvo en cuenta: dejar hacer, dejar pasar. La inhibición es
de las que hacen época, agravada por la pretensión de tratar media docena de artículos,
no más, y cuatro disposiciones transitorias, en un intento de salir del trance,
cuanto menos se note mejor, quede el grueso para la próxima legislatura y lo
que te rondaré morena.
No es
que parezca, es poco serio. Endosar el pasotismo del ejecutivo a una asamblea
legislativa que ya había dado por terminado su ejercicio activo era, además,
una faena, sobre todo si se la quería despachar con un aliño en los que sólo
reparan los tres o cuatro de siempre. Menos mal que el portavoz socialista,
Francisco Hernández Spínola, planteó con sensatez y valentía el tratamiento de
la norma al completo, esto es, el texto articulado en su conjunto, en una
prueba clara de dignificar la institución parlamentaria, obligada a reabrir sus
puertas para aprobar una norma de indudable importancia en un singular proceso
contextualizado en el marco de una contracción económico-financiera que ha
obligado a un redimensionamiento de estas entidades con tal de poder seguir
compitiendo.
La
alternativa de la oposición mereció la unanimidad -la responsabilidad, siempre
ese sentido de los socialistas en los momentos más delicados- y el papelón será
solventado con un trámite procedimental mucho más presentable: una ponencia y
un pleno durante el presente mes para elaborar y aprobar el texto articulado de
las cajas canarias, sobre todo para que nuestra comunidad no fuera la única que
quedara sin regulación específica en una nueva realidad del sistema financiero.
La
norma, recordemos, incidirá en la diferenciación básica para seguir funcionando:
el negocio, la actividad financiera estará en los bancos resultantes de la
fusión promovida; en tanto que la obra social, monte de piedad y la sede serán
las materias que tendrán el adecuado tratamiento jurídico y la defensa de los
intereses generales, argumento que sirve para eclipsar el planteamiento, más o
menos verosímil, de superar el inconveniente de la edad de jubilación del
presidente de la antigua CajaCanarias, cuyos órganos, por cierto, aún siguen
pendientes de la segregación del negocio financiero a Banca Cívica.
Y es
así cómo las puertas de la sede de Teobaldo Power volverán a abrirse para que
un proyecto de ley de esta naturaleza -¿es que no importa el dinero de los
impositores, es que se pueden tratar estos asuntos con tanta ligereza?- sea
elaborado, debatido y aprobado como se merece. Con sentido global y no estilo
compadre, además de luz y taquígrafos.
Menos
mal que alguien salvó la dignidad de la institución para aprobar la ley póstuma
de la legislatura.
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