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Las
etapas de las mayorías absolutas hicieron pensar a más de uno que se iban a
reeditar sistemáticamente y fueron condicionando, desde todos los ángulos, las
necesarias alianzas para proporcionar estabilidad y afrontar la gobernabilidad
de las instituciones. Algunas de esas mayorías fueron muy mal administradas,
generaron excesos, caudillismos y fundamentalismos que terminaron cansando a
los electorados que castigaron e invirtieron tendencias, favoreciendo cambios dinamizados
también por cierta evolución sociológica. Las mayorías suelen conllevar el
empleo del rodillo, consistente en rechazar, sin más, iniciativas que provengan
de los grupos de oposición, a pesar de que sean positivas para los intereses
generales o estén cargadas de razón. En otras ocasiones, sirven para bloquear,
para impedir una convocatoria que puede ser oportuna o el tratamiento de un
asunto que, por sus características, significa un giro, un avance, un
esclarecimiento y hasta una vía para salir de una crisis. La falta de diálogo,
los personalismos y las intolerancias son otras consecuencias de haber ganado
por goleada sin tener presente que el encuentro tiene su tiempo reglamentado y
que en el futuro las circunstancias pueden ser otras. Las mayorías políticas reiteradas
en instituciones públicas han ido acumulando, en algunos casos, tal suerte de
rechazo que, cuando se evaporan, es natural que la otra parte, los eternos
segundones o perdedores se rebelen, se revuelvan o se quieran desquitar, en la
acepción más política del término. Es un hecho casi natural que se explica por
sí sólo en ámbitos pequeños o en circunscripciones reducidas. Las enemistades,
las pugnas tribales y hasta las diferencias familiares -a veces insalvables-
acaban predominando. En algunas islas y en algunas localidades canarias se ha
venido asistiendo a estos episodios. Que pongan las barbas en remojo quienes
aún disfrutan de esa mayoría (tiene mucho mérito lograrla y revalidarla, desde
luego), no sea que en el futuro, si no gozan de ella, se vean afectados por las
turbulencias que son fácilmente adivinables. Cuando los electorados reparten y
no propician mayorías absolutas, vienen a decir que prefieren otra forma de
gobernar y emiten un mensaje que, en buena parte de los casos, se puede
interpretar como "entiéndanse ustedes”. Negocien, intercambien, pacten y
"entiéndanse” para gobernar. Aparquen diferencias y hasta planteamientos
ideológicos, renuncien si es necesario, pero "entiéndanse”.
Es ahí, entonces, donde se pone a
prueba la capacidad de diálogo y de transigencia, donde se fragua la cultura
del pacto o de la alianza política que hay que ir practicando y consolidando
para favorecer, sin extrañarse, fórmulas de gobernabilidad de las
instituciones. No estamos muy acostumbrados a ella y hay que agradecer a
quienes la hayan practicado para timonear sus mandatos o sus cometidos la
inversión realizada.
Es una cultura que requiere de
información, transparencia y hasta de un sentido pedagógico que facilite todas
las explicaciones y otorgue razones a los partidarios de defender los
contenidos y las aspiraciones de una alianza política. Mucho más, cuando se
trata de coaliciones integradas por formaciones políticas en principio
antagónicas. Valen los gestos y las pruebas de
lealtad para que funcionen bien, con holgura, sin perturbaciones que levanten
recelos y sospechas. Pero valen, sobre todo, los hechos que claramente den a
entender que se cogobierna en beneficio no sólo de la mayoría que se representa
sino de los intereses generales de una comunidad.
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