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Los que, en la maravillosa plenitud democrática
de la libertad de expresión, tenemos la suerte de poder exponer nuestras
opiniones desde medios como este, verdadero reducto de libertad en estos
turbulentos tiempos tan dados a coacciones y manipulaciones, lo hacemos con
nombre y apellidos y, por si fuera poco a efectos identificativos, con nuestra fotografía.
No cabe la menor duda, todo el mundo sabe quiénes somos, que aspecto tenemos y,
naturalmente, lo que pensamos. Y así debe ser siempre, y muy especialmente en
un moderno y deseable estado de Derecho.
Pero
últimamente, este confidencial que con tanto afecto y libertad me acoge –y que
está en su derecho aunque a mí no me guste ni un pelo– permite comentarios
anónimos a los artículos que publica, dando origen de este modo a la aparición
de estos valientes gudaris de la crítica. Estos héroes de la crítica anónima que
deben creer, supongo yo, que sus aportaciones contribuyen fundamentalmente a un
presunto debate democrático pero, naturalmente, no es así en absoluto. Si se
les pidiera su identidad para opinar se cagarían encima como los valientes
gudaris etarras, esos canallas terroristas que con la cara cubierta, de otro
modo ni hablar, son capaces de pegarte un tiro por la espalda y quedarse tan
frescos. Son los mismos patriotas valientes que, cuando las fuerzas de
seguridad del Estado les detienen –y que no decaiga la racha– se cagan en los
pantalones (sic) en un irreprimible y asqueroso exceso de valentía.
A
mí me parece estupendamente que cada cual piense lo que quiera y opine lo que
le venga en gana –lo he dicho muchas veces– pero creo que si quiere
manifestarlo públicamente, en virtud de una de las libertades más netamente
democráticas, debe hacerlo a cara descubierta, de frente, y hacerse
responsable, como hacemos todos los ciudadanos decentes, de las opiniones que
mantengan. Esto debe ser así, pero, naturalmente, siempre ha habido cabestros.
Supongo
que mi reflexión no tendrá éxito alguno, ni lo pretendo, y que los valientes
gudaris de la crítica, actuando las más de las veces como sicarios imbéciles y
baratos de mayores cagones, continuarán, como el más peyorativo, censurable y
asqueroso aldeano, tirando la piedra y escondiendo la mano, pero me tiene al
fresco.
Iniciado
felizmente ya este mes de julio, por mi parte pueden decir lo que les parezca,
amparados en su valentía, porque pienso pasar unas vacaciones estupendas, sin
dar golpe, y los va a leer su señora madre en el supuesto, naturalmente y dada
la educación recibida por estos individuos, de que sepa leer.
Iros
a la mierda cagones. Amén.
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