|
En estos estertores del verano
santanderino, la maravillosa paz del veraneante norteño siempre se ve alterada
por alguna barbaridad, en este caso judicial. No es, desde luego agradable,
pero no sorprende en absoluto. Simplemente, es lo esperado.
Y me refiero a la noticia que publicó
hace algunos días el diario vasco de mayor tirada de Cantabria. Su titular fue
así de esplendoroso: "Un juez de
Santander es denunciado por una colega de Málaga por acoso sexual” (13.08.2011).
Naturalmente, no merece la pena entrar
en escabrosos detalles de la noticia, pero si es necesario destacar que en ella
se precisó cuidadosamente que "una vez
ante la autoridad judicial, y escuchada su versión, se decretó su ingreso en un
psiquiátrico después de ser sometido a una pericial por parte de personal
especializado del Instituto de Medicina Legal de Málaga”. Es decir que,
según parece y según la noticia periodística de la prensa montañesa o cántabra
–elíjase lo que se prefiera– apunta, su señoría no está en sus cabales, ya que
en otro caso debería estar detenido.
Con
todo, esta situación, por dramática que parezca, no es nueva, ya que según el
mismo Consejo General del Poder Judicial, esa cosa que siempre nos altera y llena
de confusión, manifestó hace casi tres años, según puso de relieve la prensa
nacional, sin réplica ni desmentido alguno, lamentablemente había jueces con
sus facultades mentales muy disminuidas. El titular periodístico de entonces,
también fue claro y terminante: "el
CGPJ estudia retirar a los magistrados que tienen mermadas sus facultades
mentales” (13-11-08).
Efectivamente,
"el Consejo General del Poder
Judicial (CGPJ) acordó abrir una amplia reflexión y un estudio sobre posibles
incapacidades o jubilaciones forzosas de jueces que por circunstancias médicas
podrían tener mermada su capacidad, lo que les limitaría para desempeñar sus
funciones” (13-11-08).
Pero
de entonces a aquí –y han pasado casi tres años– nada se ha sabido del tema, lo
que, evidentemente, cuando menos, mueve a inquietud y, más claramente, a un
absoluto e irreprimible pánico. Porque, por ejemplo, a los políticos –otros
poderosos, aunque no absolutamente impunes– periódicamente se les puede cambiar
ya que hay elecciones, gracias a nuestra democracia, pero a los jueces no. Y no
se les puede cambiar aunque tengan mermadas sus facultades mentales que, como
repito, reconoció el propio Consejo General del Poder Judicial, su máximo
órgano de gobierno, o de desgobierno, de todo hay.
Yo
lo denuncié entonces, es todo lo que podía entonces y puedo ahora hacer.
Supongo
que abogados, procuradores y personal judicial de este Santander veraniego y
queridísimo –destino de su acosadora señoría– algo habrán notado en sus
actuaciones pero no parece que hayan dado estado oficial a tales percepciones.
¿Querrá
decir su presunto silencio que el temor judicial está muy arraigado?. ¿O será
que por la contumaz reiteración en el abuso nada han percibido?
No
lo sé, pero, desde luego, si hubiera tenido algo que ver, como profesional o
como parte, con alguna sentencia de esta señoría, actualmente, al parecer, en
un psiquiátrico, pediría inmediatamente su revisión que, entiendo, estaría
plenamente justificada.
Pero, no lo duden, pase lo que pase así seguirá todo. ¡Que pena! |