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Si usted y yo tuviésemos una tienda en la que entrase Iñaki Urdangarín queriéndose llevar un
producto por la cara, seguramente se lo regalaríamos. ¿Quién osaría enemistarse
con alguien de la Casa Real? ¿Y quién sabe, si además, eso no nos traería
consecuencias algún día?
Por eso, entiendo
bien a aquellos empresarios esquilmados por el Duque de Palma. A diferencia de
los casos de soborno, en que tan responsable es el sobornador como el
sobornado, aquí el único culpable sería el aristócrata llegado a tal por su
casorio con la infanta Cristina.
También comprendo el lógico cabreo de alguno de los
afectados por haberle estafado más dinero que a otros con más recursos que él:
es el caso del presidente del club de fútbol Villarreal, Fernando Roig, frente a su homólogo del Valencia, Juan Bautista Soler.
Por lo demás, el truco de hacer facturas falsas por
trabajos no realizados es casi tan viejo como andar a pie. Recuerden, si no, el
asunto de Filesa y la financiación ilegal del PSOE en tiempos de Felipe González.
Lo que sucede ahora es que, con Internet, fusilar
estudios hechos por otros está al alcance de cualquiera. Es una tentación a la
que no han podido sustraerse ni personas tan relevantes como el ex ministro
alemán K.T. Guttenberg, quien hubo
de dimitir tras saberse que había copiado su tesis doctoral.
La madre del cordero del caso
Urdangarín no está, por consiguiente, en aquellos individuos particulares
sableados por el duque, sino en que administradores públicos, como Jaume Matas o Francisco Camps, le han regalado alegremente al saqueador un dinero
que no les pertenecía a ellos sino al conjunto de los ciudadanos. |