|
Cada día nos despertamos con un nuevo caso de corrupción
política, económica o social y parece que se va convirtiendo en costumbre
una cierta resignación o un indeseable escepticismo ante ella, como si fuese un
"inevitable” de nuestras sociedades desarrolladas económicamente. Podrá
declararse ‘no culpable’ a alguien jurídicamente, pero no ética ni
ciudadanamente. La Corrupción como práctica consistente en la utilización de
las funciones y medios públicos (económicos, de influencia o de otra índole) en
provecho propio, es absolutamente inaceptable.
Observamos que se debilita la individualidad y
crece el individualismo, que progresa en muchos ciudadanos la idea de lo
que Adam Michnik llamaba el pancerdismo ("yo soy un cerdo, tú
eres un cerdo, todos somos unos cerdos”). Esa generalización de la sospecha
sobre prácticas corruptas o especuladoras de los ciudadanos es inadmisible. Lo
es porque además es peligrosa, ya que conduce a mostrarse complaciente y
contemporizador con ese tipo de actuaciones ética y socialmente rechazables de
algunos ciudadanos y políticos. Se pierden, al tiempo, a pasos agigantados, valores
de solidaridad y tolerancia. Se debilita el reconocimiento del otro, de quien
no piensa como uno, de todo lo que no es uno. El deterioro de los servicios
públicos no es sólo una consecuencia de todo ello, sino que también explica una
parte de ese fenómeno altamente preocupante.
Estamos en un punto donde se puede pensar que
dentro de cada uno de nosotros existe un ser humano potencialmente corrupto,
pero que no ha tenido su ‘ocasión’ de demostrarlo o de rechazarlo por razones
morales y ciudadanas; es algo parecido a defraudar a Hacienda si se puede.
Parece un logro y es, sin embargo, una enfermedad ética, con visos de epidemia
galopante.
No es extraño que haya gobernantes que no quieran
que se intente educar en una asignatura denominada "Educación Cívica”, donde se
pudiera hablar de honestidad y de cómo cada uno pueda ser un ciudadano moralmente
sano, sin corruptelas ni corrupciones. Aceptar una facturación sin I.V.A. es
una forma de defraudación al interés público y general.
A la vista de lo que sucede en nuestro país, con
casos flagrantes de corrupción, la gente y los votantes parecen insensibles. Es
como si diera igual. Se ha dicho muchas veces en los últimos tiempos que
existía un Berlusconi o un presidente de Comunidad Autónoma, porque los
italianos o votantes de esa Región lo permitían o querían. Las urnas no validan
a reales o presumibles corruptos, aunque lo parezca, pero sí pudiera
interpretarse como que ese abuso no tiene suficiente importancia, aunque
vivamos una crisis que está dejando en la marginación y en la exclusión a los
colectivos sociales más necesitados.
Juan J. de la Cámara Martínez, miembro del PSOE de Guadalajara |