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sábado 31 julio 2021
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El Partido Marxista de China cumple cien años con la mirada puesta en el futuro

El Partido Marxista de China festeja este jueves su centenario en plena actividad para basar la «nueva era» anunciada en dos mil diecisiete por su secretario general y presidente del país, Xi Jinping, un camino para restaurar la gloria nacional mediante la consolidación del país como potencia mundial.

El acuerdo general apunta que esta doctrina surge a causa de la crisis económica de dos mil siete-2009; el instante en que las autoridades del Gobierno chino perciben, como apuntó en dos mil catorce el considerado como la mano derecha del presidente en temas económicos, el viceprimer ministro Liu He, la necesidad de aprovechar «la intersección más extensa posible entre los intereses del país y los del planeta entero».

Esta línea profesora se sosten sobre decenas y decenas de principios simplificados por Xi Jingping en incontables eslóganes para la simple digestión tanto de los noventa y dos millones de afiliados del partido como de la población por lo general, como ejemplariza uno de los grandes pilares de su política, la lucha contra la corrupción familiar, resumido en el leimotiv «Apresar tigres y machacar moscas«. Ni los altos oficiales del partido ni sus responsables locales, deseaba decir el presidente, saldrían indemnes de cualquier delito que hubiesen podido cometer.

Para la población, Xi ofrece una ensaltación de los llamados «valores socialistas esenciales», de forma profunda tradicionalistas y amparados bajo la bandera de la «armonía social», un fin que el país pretende lograr echando mano de omnipresentes sistemas de vigilancia ciudadana o bien la que es, probablemente, la mayor estructura de censura informativa del mundo: el laberinto de limitaciones a la información digital conocido como Gran Cortafuegos.

De puertas al planeta, el presidente chino ofrece una última proclama, heredada esta vez de su precursor, Hu Jintao: la «construcción de una comunidad con un futuro compartido por la humanidad» o bien, dicho de otra forma, una «aproximación china», como afirmaba el exmandatario, «a los inconvenientes a los que se encara el planeta». El mejor ejemplo es su gran superproyecto de infraestructuras conocido como la Nueva Senda de la Seda, un conjunto de conexiones entre China y Europa que va a haber costado, cuando concluya, un billón de dólares estadounidenses, conforme las estimaciones más conservadoras de la multinacional financiera Morgan Stanley.

En frente de este conjunto de deSeos y ambiciones, el «socialismo con peculiaridades chinas» que Xi Jinping propuso en dos mil diecisiete ha colisionado en numerosas ocasiones con los «valores occidentales» encabezados por E.U., cuyas relaciones políticas no atraviesan exactamente el mejor instante, como prueban una reciente guerra de aranceles, cruces de acusaciones sobre el origen de la pandemia de coronavirus identificada por primera vez en la provincia china de la ciudad de Wuhan, las incesantes demandas de Washington contra la expansión militar china en la zona del Indopacífico, el tratamiento de las minorías étnicas, o bien el aumento de su control sobre territorios con determinado grado de autonomía, como Hong Kong.

Nada de esto semeja molestar públicamente al presidente Xi, que en el mes de abril aseguraba que «el tiempo y la inercia están del lado de China» entre especulaciones de especialistas sobre la nueva fase de su plan de futuro inmediato del partido sin sucesor aparente: Xi no mentó la cuestión al final de su primer orden, en dos mil diecisiete, y especialistas consultados por el ‘South China Morning Post’ no piensan que lo haga tampoco el próximo año. Por el momento, ha ignorado la regla no escrita que marca la jubilación para los oficiales del partido a los sesenta y ocho años de edad, que cumplió la semana pasada, y se ha abrazado a la supresión del límite de ordenes presidenciales aprobada en dos mil dieciocho, que le abre la puerta a regir para toda la vida.

Esta acumulación de poder -Xi es presidente, jefe de las Fuerzas Armadas y secretario general del Partido Marxista -empezó una nueva era de centralización en China. Para ciertos especialistas, una etapa de continuidad más adaptada con aconsejes capacitados; para otros una amenaza de estancamiento en un planeta volátil y una puerta abierta a luchas internas de poder en un exorbitante sistema burocrático que ya no cuenta con la restricción de ordenes como mecanismo de frenada.

Como apuntó en su instante el analista Jeffrey Bader para el conjunto de estudios Brookings, «se está mandando el mensaje a los líderes potenciales del partido de que las reglas no importan». Además de esto, Bader predijo un periodo de extrema rigidez en la gobernanza. «Los responsables locales, que por sí son gente precavida, van a tener ahora considerablemente más temor de sacar la cabeza y plantear ideas. En vez de dar su opinión, solicitarán consejo, y nuevamente la fidelidad desaforada va a ser la moneda más valorada», apunta.

La sucesión de Xi Jinping es un punto de inseguridad que se aúna a un inconveniente interno con el que las autoridades chinas llevan lidiando desde hace largo tiempo: el envejecimiento poblacional. En este sentido, el Gobierno se prepara para levantar sus limitaciones sobre la política de natalidad en torno por año dos mil veinticinco tras descubrir en el mes de mayo que la tasa de nacimientos en el país cayó a lo largo de 4 años sucesivos, de dos mil dieciseis a dos mil veinte. Todo para calmar una incidencia demográfica que pone en riesgo otro de los grandes objetivos del plan profesor del presidente como es el «gran rejuvenecimiento de la nación china» para dos mil cuarenta y nueve.

Cara el futuro

Este largoplacismo ha definido los últimos 4 años de política china y se espera que el presidente haga referencia a ello a lo largo de su aguardado alegato del jueves, día oficial de la celebración del centenario del primer congreso del partido en un escenario radicalmente diferente al de la actualidad, en un país depauperado y saqueado por la guerra civil.

A inicios de este mes, China lanzó una parte esencial de su nueva estación espacial en órbita y aterrizó exitosamente un rover en Marte mientras que su economía medró un dieciocho con tres por ciento en el primer trimestre de dos mil veintiuno en una exhibición de restauración tras el auge de la pandemia. Xi declaraba en el mes de febrero el «fin de la pobreza extrema en el país».

En frente de ello, hay que rememorar que su renta per capita se sostiene muy bajo el de los países desarrollados y se ubica justo bajo el promedio mundial de en torno a once dólares estadounidenses. El país, conforme especialistas de CNN, aún no puede hallar la forma de supervisar el apogeo mundial de las materias primas y existen ciertas fricciones con las nuevas políticas ambientales de China. Los cortes de energía en todo el país han molestado a millones de personas en los últimos meses, y existen dudas sobre si el empeño tenaz de Xi para lograr la neutralidad de carbono en dos mil sesenta estaba limitando su suministro de energía.

Fuere como fuere, en dos mil veintitres, el Partido Marxista va a haber regido el mismo periodo de tiempo que su contraparte soviética ya antes de la disolución de la URSS en 1991: setenta y cuatro años en los que ha atravesado crisis históricas como la Gran Hambruna de finales de los años cincuenta provocada por las políticas económicas de Mao Zedong o bien la matanza de la plaza de Tiananmen en mil novecientos ochenta y nueve.

Acontecimientos todos que el Gobierno chino ha silenciado oficialmente y perseguido a quienes los recuerdan bajo el delito de «nihilismo histórico»; un esmero conforme las autoridades de «reescribir el pasado» y que choca de frente con la historia oficial que abandera el presidente, una de resistencia frente a los elementos externos y «de adaptación continua del marxismo al contexto chino». Ello condensado en una estrategia que sostiene a China de pie donde otros han caído, y con sus aspiraciones de superpotencia íntegras, motivos por sí mismos que justifican la «gran celebración» de este centenario.

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