19.4 C
Madrid
jueves 28 octubre 2021
Inicio Sociedad La senda de los flamencos

La senda de los flamencos

A poco más de trescientos quilómetros de Madrid, en un punto de la senda ferroviaria que aparta la villa de Madrid de Alicante, el AVE reduce su velocidad a su paso por la laguna del Salobrejo, en Albacete, un espacio natural donde anidan azulones, cigüeñuelas, avocetas, una colonia de crías de gaviota, múltiples docenas de flamencos y otras aves acuáticas. Al lado de conjuntos de malvasías, los flamencos de alas rosas juegan a la pata coja en unos atardeceres que pintan una explosión de colores vertidos sobre un cuadro imaginario al capricho de la naturaleza.

Al atravesar dicho punto, el tren reduce la velocidad para no incordiar a los habitantes zancudos de esa laguna salobre donde confluyen el verde y el amarillo de los cañaverales, el amarillento del agro manchego, el gris descascarillado de casas semiderruidas donde asimismo anidan leyendas de caballeros andantes, venteros, nobles y maeses con vistas al azul más azul que he visto nunca, más azul que el del Mediterráneo que se acecha a cien quilómetros al sureste de la laguna. El sol del atardecer de La Mácula se hace cargo de alumbrar esta obra de arte del hiperrealismo impresionista. No sé qué resulta más alucinante y también hipnótico, si la belleza aplastante de los humedales o bien que un bicho que desplaza cuatrocientos cuarenta y siete toneladas a trescientos quilómetros por hora reduzca a noventa para no trastocar la paz del rincón.

Es un recorrido que acostumbro a hacer cada semana desde hace unos meses. Al pasar por allá, cuando el convoy circula dos minutos a velocidad de tranvía, interrumpo a lo largo de unos segundos la deleitación en tal maravilla para virar la mirada y revisar si alguien más de entre los viajantes está observando lo mismo que . La decepción viene a ser exactamente la misma tras un viaje tras otro, y entonces vuelvo la vista al pelaje rosado de los flamencos, tal y como si lo hubiesen puesto en el camino solo para mis ojos, por otro lado agraciados de gozarlo prácticamente a solas mientras que pienso en de qué manera posiblemente la mayor parte del pasaje se pierda el espectáculo entretenido en maltratar las articulaciones del cuello con la mirada fija en el móvil.

Confieso que ya no podría vivir sin el teléfono, si bien en ocasiones me desanima revisar que puede llegar a transformarse en un aparato del diablo, un inhibidor de la belleza en exactamente la misma medida que una herramienta para trasmitir el Mal, con mayúscula, el Mal en esa acepción que asocia el comportamiento humano a hechos que se consideran perjudiciales, destructores o bien inmorales. Cuanto más tiempo paso con el teléfono mayor es la sensación de que me pierdo algo. Mas si nos ajustamos a la concepción bíblica, e inclusive jurídica, del Mal, prefiero quedarme con la corriente basada en que la meta último es su transformación en el Bien.

Abundan poco a poco más los vídeos ciudadanos de extremada violencia donde se agrede y hasta se mata por el placer de hacerlo, o bien por odio o bien por vete tú a saber por qué razón, y nos preguntamos de qué manera puede que el creador de la grabación no dejase a un lado sus intenciones de cineasta para echar una mano al agredido, como termina de acontecer, por servirnos de un ejemplo, con el lunático que hirió a un sanitario en el metro de la capital de España. El que grabó la escena poco hizo por eludir la agresión, mas merced a que no dedicó el recorrido a observar el paisanaje ni se echó el móvil al bolsillo para eludir el accidente, sus imágenes dejaron la atrapa prácticamente inmediata del autor.

La verdad es que en nuestro imaginario siempre y en toda circunstancia hemos pensado que seríamos el que devuelve ese puñetazo para entonces salir del furgón transformado en héroe. Mas en la violencia no hay héroes, a menos que grabes la escena y cojan al malo. Ni tan siquiera devolveríamos el bofetón. Somos el que lo recibe por el hecho de que esa es la base de las buenas personas, en cuyo equipo militamos la enorme mayoría. De ahí que siempre y en todo momento es uno de los nuestros el que graba la escena y deja perseverancia del hecho a fin de que las autoridades actúen. Pensemos asimismo que quizás quien no aparta los pulgares de la pantalla a lo largo de las más de 2 horas de un viaje en tren, quizás se esté perdiendo los flamencos de Salobrejo, mas asimismo puede llegar a transformarse en testigo de cargo de una agresión por el hecho de que se encuentra desvalido sin una mano agarrada de su teléfono.

En la era de las tecnologías, la diversión a la carta y la información en riguroso directo, el móvil no solo es un factor esencial, sino se ha hecho indispensable, lo que no quiere decir que deba transformarse en adicción. Ya hay gabinetes sicológicos expertos en tratar a pacientes enganchados al celular, cuya dependencia puede devenir tan perjudicial como la de ser adepto al juego. Quizás no deteriore la salud física y mental, el bolsillo tampoco debe preocuparnos, mas el hábito de desenvolverse más horas de las debidas en ese planeta mágico y virtual no debe copar el tiempo que deberíamos prestar a la familia, a la pareja, al trabajo, a los hijos o bien a fascinarnos, simplemente, observando a las aves en un sitio de La Mácula. Ya antes y ahora, de forma frecuente el destino es el propio viaje. Tal vez por no separar la mirada del aparatejo nos estemos perdiendo ciertas cosas más bellas de la vida.

@jorgefauro

Dejar respuesta

Por favor introduce tu comentario.
Por favor introduce tu nombre aquí.