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lunes 27 septiembre 2021
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La zamorana que conoció a Miguel y asistió a edificar a Gila

“Miguel nació en la villa de Madrid y Gila se hizo en Zamora”. El cronista Rufo Gamazo, cooperador que fuera de LA OPINIÓN DE ZAMORA, con distinguida trayectoria, fue uno de los múltiples amigos que el cómico tuvo a lo largo de su estancia en la capital zamorana. Mas, alén de las colaboraciones y actuaciones en Radio Zamora, sus viñetas en Imperio, y su participación en espectáculos en salas de la urbe, la epifanía del humorista tiene nombre de mujer, de su primera mujer. De la que el propio Gila apenas refiere unas líneas entre la mofa y el menosprecio en su autobiografía, sin llamarla por su nombre. En otras publicaciones, esa aparente sombra que, siguiendo el relato del cómico, habría pasado con más pena que gloria por su vida, solo aparece con su nombre de pila: Ricarda. Tal y como si Gila hubiese tratado de borrar una etapa, ayudado por la discreción que guardó su exesposa zamorana a lo largo de toda la vida. Este mes de julio se han cumplido veinte años de la muerte del humorista sin que haya habido, hasta el momento, una revisión de su biografía que rescate la figura de su primera esposa.

Mas Ricarda Alfonsa García de la Iglesia, familiarmente famosa como Chava, distaba mucho de ser alguien insulso y un mero casamiento por conveniencia, como pretende Miguel Gila. Quienes conocieron a Chava describen a una mujer talentosa, letrada, independiente, con un fuerte carácter y un sentido del humor agudo, un tanto negro, en ocasiones. A mucha distancia intelectual del Gila que llegó al cuartel del Regimiento Toledo en Zamora en el año mil novecientos cuarenta, para una mili de 4 años. Él se ocupó de contar su infancia humilde: su padre, enfermo, murió en una silla de centro de salud, a la espera de cama, solo un par de meses antes que naciese. Su madre se volvió a desposar y su padrastro no deseó saber nada de él, conque se crió con sus abuelos paternos en la calle Zambrano de la capital de España. Ese monólogo sobre su nacimiento: “Cuando nací, mi madre no estaba en casa…”, bien puede ser el adefesio, el espéculo desfigurado de una infancia de estrecheces que lo forzaron a dejar la escuela a los trece años. Y ese símil valleinclaniano serviría para interpretar la mayor parte de sus narraciones hechas a golpe de teléfono en el escenario, incluida su participación en la guerra con capítulos como el del fusilamiento en Córdoba que, conforme ciertos de sus allegados, estaría, por lo menos, “adornado”.

Gilla, al lado de José Luis Ozores CORTESÍA MIGUEL ÁNGEL GONZÁLEZ/RADIO ZAMORA


Ricarda era la segunda hija del matrimonio formado por Emilio García (natural del pueblo zamorano de El Pego) y Marina de la Iglesia (descendiente de Corrales del Vino), que tenía otros 3 hijos: Manolo, el único varón que ejercitó como chofer de la senda Zamora-la villa de Madrid de Auto-Res, Alfonsa y Marina, la pequeña. Ninguno de quienes la conocieron y todavía viven para contarlo, sabe, con absoluta seguridad, de dónde le vino el apodo de Chava. “Quizá fuera el propio Gila”, aventura Marina, sobrina que convivió con ella en la capital de España mientras que estudiaba y una de las que mejor conocieron a la zamorana. Ricarda nació en El Pego en mil novecientos quince. Era, en consecuencia, 4 años mayor que Gila, natural de mil novecientos diecinueve, y tenía el título de profesora, logrado a lo largo de la II República. Fue una de las enseñantes castigadas tras la Guerra Civil. Su nombre figura entre los expedientes de depuración abiertos por el régimen, conforme puede consultarse en la web de la Asociación Innovación y Derechos Humanos. Entre las fotografías que su sobrina Marina conserva figura alguna imagen de excursiones con conjuntos de izquierda en una temporada en la que la militancia progresista no era excepcional en España ni tampoco la conciencia de las mujeres en pro de la igualdad hasta lograr el derecho al sufragio universal en mil novecientos treinta y tres.

Sus progenitores dirigían en los años cuarenta una fonda en la calle de Los Herreros, la pensión Marina, donde se alojaron muchos estudiantes. Su sobrino nieto José Luis Esteban escuchaba la historia de Chava por boca de su madre y de su abuela (prima carnal de Marina, la madre de Ricarda): “No se dejaba pisar. Tenía mucho talento, desenfado, elegancia, era una señora y atractivísima. Le agradaba leer, sobre todo poesía”.

Con lo que la zamorana ni era una pobre timorata ni una maestrilla de provincias deslumbrada por un genio humorístico, como semejan retratar tantos escritos sobre la vida de Gila. En su libro “Entonces nací yo” espeta: “Me casé por el hecho de que en Zamora hacía mucho frío. Jamás hubo amor ni cariño”. Y da a comprender que, de paso, se ahorraba la pensión, donde los progenitores de Chava dispusieron una habitación para ellos. Pues las deudas de dinero fueron fieles compañeras de la vida del cómico hasta el final de sus días. Y eso fue una, si bien no la única ni la terminante, de las causas de los disconformidades de la pareja.

La imagen creada por el propio Gila es la de un castigado político, voluntario con el Ejército republicano y preso hasta mil novecientos cuarenta y dos, año en el que fue obligado a una mili de 4 años en Zamora. La realidad es que su integración al Regimiento Toledo se generó en mil novecientos cuarenta, un par de años ya antes de su teorética salida de la prisión. Fue a lo largo de esa larga mili de 4 años cuando mostró curiosidad por el planeta de la radio, donde entabla relaciones de amistad con un locutor mítico, Vicente Planells, otro “caído en desgracia” procedente de Cataluña y personajes de la vida zamorana. Entre ellos, muchos ligados de manera directa al régimen franquista. Jacinto González, dueño de Radio Zamora movió los hilos precisos para conseguir los permisos de las autoridades militares para su entrada en la transmisora. Para Gila se abría un planeta en el que llegaría lejos merced a su ingenio, mas asimismo con el apoyo de Chava y de muchos otros personajes de la vida diaria de la Zamora de los años cuarenta como el artista Julio Mostajo, o bien los vinculados a la radio como Daniel Pérez Hariná, Pedro Ladoire y zamoranos de a pie como Conrado Eguaras. “Gila, al lado de Vicente Planells revolucionó el cuadro de teatro de la transmisora de radio”, nacía otra forma de hacer espectáculo radiofónico. La radio zamorana era la enorme favorecida de tanto talento en exilio interior, acepta Miguel Ángel González, actual directivo de la SER zamorana. Y en el caso de Gila, había contrapartida: “Para mí, aquella transmisora era la universidad”, confiesa en sus memorias.

Una primera etapa en Zamora se cierra en mil novecientos cuarenta y cuatro conforme la autobiografía de Gila, cuando es destinado con el Regimiento a sofocar la insurgencia de maquis en el Val de Arán. “Atrás se habían quedado Zamora (…) y lo que es más triste, me han distanciado de mis compañeros de la radio”. Termina destinado en Sort y asegura haber abandonado en uno de los permisos. “Nunca más volví al Pirineo, ni al Ejército, no me detuve a meditar en las consecuencias. En el Ejército no debieron apreciar mi ausencia y si la apreciaron no me enteré, quizás creyeron que me habían matado los maquis”. Si el relato suena surrealista, resulta totalmente increíble cuando se equiparan datas. La invasión de Lérida tiene sitio entre el diecinueve y el veinticuatro de octubre de mil novecientos cuarenta y cuatro y la boda por la Iglesia entre Miguel Gila Cuesta y Ricarda García de la Iglesia está fechada el cuatro de noviembre de ese año en el libro de matrimonios de la parroquia de San Juan, en la Plaza Mayor de Zamora.

Ricarda García, en otra imagen CORTESÍA DE LA FAMILIA GARCÍA DE LA IGLESIA


El relato de Gila sigue dando por finalizado ese matrimonio tras la ausencia. “Me fui a Zamora y me incorporé a mi trabajo en la radio y a mi matrimonio, que, si ya era poco apasionado, con mi distanciamiento se había enfriado totalmente”. Aparte de en la radio, coopera frecuentemente con Imperio, cabecera periodística de la Falange, donde, al comienzo firma con el pseudónimo “XIII” unas viñetas donde se reconoce con perfección el estilo que se haría conocido en La Codorniz. En mil novecientos cuarenta y nueve, la firma que emplea es ya la de Gila. Asimismo hacía sus pinitos en el campo periodístico, como recordaba Rufo Gamazo, con secciones fijas: “En Tiritos se burlaba de los consultorios cariñosos, de los partes facultativos y de la patosería del disco dedicado. En Cartas a Mamuchi contaba a su forma novedades de la urbe y en Teatro para Enanitos se atrevía con la moda del absurdo. Publicó ciertos romances, ideó refranes y seudosesudos comentarios de política internacional. Puede el lector figurarse lo que afirmaría bajo el título De esta forma comenzó la guerra de Palestina”, concluía el que fue uno de sus mejores amigos y testigo de que la Chava, “una zamoranita muy zamorana”, como la describe, no continuaba al lado de la actividad profesional del cómico. No obstante, la coyuntura económica era precaria. Y Chava toma la iniciativa nuevamente colocándose como cajera en unos grandes guardes en la en el centro calle de Santa Clara, Siro Gay, mientras que Gila avanza en su sueño del espectáculo y se intenta la capacitación a la que no tuvo acceso. Era común que solicitara libros prestados en la vieja Librería Religiosa.

La zamorana conocía y era famosa por sus amigos, incluyendo los que fue cuajando entre los actores cuyas compañías recalaban en Zamora y particularmente con los hermanos Ozores, con los que sostendría amistad a lo largo de muchos años “y que la asistieron mucho”, asegura Marina de los Ríos. Alguna chanza recibió el humorista al contar una de sus múltiples ocurrencias que formaban una parte de sus monólogos: “Eso te lo ha escrito Chava”, afirmaban, un comentario que no debía sentarle nada bien al cómico.

En mil novecientos cuarenta y nueve (un dieciocho de julio, es ya casualidad) Gila firma el primer contrato laboral con Radio Zamora como articulista radiofónico. Causa baja el treinta y uno de marzo de mil novecientos cincuenta y uno, cuando se marcha a la villa de Madrid y con él su esposa zamorana, que terminaría fijando por siempre su vivienda en la capital de España. Primero en un piso de la calle Carranza. Más tarde adquieren un segundo piso en la calle Comandante Zorita. Gila despuntaba como viñetista en La Codorniz y era uno de los cómicos preferidos de Carmen Polo, la mujer de Franco. Y como tantos otros artistas de la temporada, asistió en múltiples ocasiones a actuar para ella en el palacio de La Granja de San Ildefonso.

Las infidelidades eran una incesante por la parte del cómico que reconoce que su esposa, “más lúcida que él”, estuvo siempre y en todo momento al tanto de todo. Esa “pasión” que Gila niega que existiese nunca entre Ricarda y , semeja hallarla con frecuencia en sus aventuras con otras mujeres con las que bastan unos poquitos días para sentirse enamorado y también inútil de emprender la vida que anhela por vivir en un país donde, entonces, no existía “ni la separación ni el divorcio”. Narra múltiples aventuras, si bien no mienta a Carmen Visuerte, la mujer con la que tuvo un hijo y una hija, Carmen, que solo consiguió el apellido cuando su padre murió, puesto que se negó a reconocerla.

Los incesantes devaneos terminan por determinar la separación diligente de la pareja. Gila asegura haber vuelto al piso de la calle Carranza por voluntad propia, si bien prosigue acudiendo al domicilio conyugal. “Un día, una criada que tenía mi mujer me dijo: ‘Señor, mientras que duerme la señora le registra la cartera y le saca de ella dinero. Por favor, no le afirme nada, mas no deseo que, si echa en falta ese dinero, piensa que he sido yo’. Desde entonces no volví jamás más por Comandante Zorita”.

La familia de su exmujer considera que en esa rotura tuvo mucho que ver el hartazgo de Chava. Gila se había hecho un habitual de la noche madrileña, viajaba con los espectáculos y los ingresos difícilmente dejaban cubrir las necesidades básicas de la casa. En la villa de Madrid, lejos de su ambiente más próximo y a mediados del siglo veinte, en pleno franquismo, una mujer no podía tener posesiones ni trabajar sin permiso del marido si estaba casada.

Hay biógrafos que fechan en mil novecientos cincuenta y uno la separación. El cómico en el cincuenta y tres. Marina de los Ríos recuerda, no obstante, con nitidez, que sus tíos vivían bajo un mismo techo cuando el cómico ya hacía giras en Hispanoamérica, incluido Cuba. Su marcha terminante a Buenos Aires en los años sesenta más que al “hartazgo de la dictadura” que esgrimió tirando de la imagen construida de castigado del régimen, se debió a la interposición de una demanda por adulterio de su mujer “que solo procuraba que le diese lo que legítimamente le correspondía. Y sí, a casa venían a ver a mi tía personas próximas a él para decirle que quitara la demanda o bien debería desamparar España”, como sucedió.

La discreción de Ricarda la llevó a silenciar su versión de los hechos, pese a lo contradictorio con lo publicado en todos y cada uno de los medios a lo largo de la vida del artista y tras su muerte, hace ahora veinte años. Cuando se restaura el divorcio en España y lo consigue, Gila ya había formado otra familia en la ciudad de Buenos Aires con María Dolores Cobo que, al final, sería su viuda.

La zamorana prosiguió su vida como había hecho hasta ese momento. Hasta llegó a probar suerte en el cine trabajando como “script”, mas lo dejó fatigada del entorno que la rodeaba. Quedaba mucho para la llegada del “Me Too”. Jamás más volvió a casarse. “Mi tía tenía salidas para todo. Una vez fuimos a que se renovase el documento de identidad y el policía le dijo: ‘estado civil, separada’. A lo que contestó: ‘No señor, separada no, abandonada’”.

Conforme el cómico, dejó a su primera esposa el piso de Comandante Zorita, otro en Mallorca y un chalet en Benicasim, aparte de dinero en término de pensión. Su sobrina Marina contrapone otros hechos: “El piso de Comandante Zorita debió pagarlo mi tía con ayuda de sus progenitores por el hecho de que no estaba pagada la hipoteca”. Y hasta ahí el “reparto de bienes”. La ley para reparación a los maestros refinados devolvió a Ricarda algo más preciado: la actividad enseñante. Dio clases en múltiples pueblos de los aledaños de la villa de Madrid ya antes de jubilarse. En mil novecientos noventa y cinco volvió a Zamora para ingresar en una vivienda en la localidad de Villaralbo. Subsistió a su exmarido y murió en mil novecientos noventa y siete. Fue calcinada. Sus cenizas, desperdigadas en un sitio amado por ella que la familia se reserva. Por fin, Ricarda, Chava, vuela libre, distanciada de patrañas y fabulaciones.

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